domingo, 5 de mayo de 2013

Nutrición


Desde que tenía 18 empecé a interesarme por leer las etiquetas de los productos que consumimos día a día. Al principio no entendía ni la mitad de ellos, no sabía que significaban. Luego fui averiguando, informándome vía internet y  leyendo blogs de nutrición. 
Aunque todo empezó por una dieta que me auto-impuse, luego mi interés fue por las calorías. Tenía un cuaderno donde apuntaba las calorías que consumía al día y al final del día las contaba y veía que podía hacer para consumir menos al día siguiente.  Llegué a consumir, según mis cálculos, 500 calorías al día. Sabía muy bien que las mujeres necesitan como mínimo 1.800 calorías al día, era consciente de lo que estaba haciendo era dañino para mi, pero sólo quería conseguir mi objetivo. 
Sólo bebía agua, comía manzana (48 calorías por 200 gr), tomate (29 calorías por 250 gr) hasta llenarme, comía la clara de huevo porque "dicen" que lo que "engorda" del huevo es la yema (aunque ahora me planteo que quizás es otro engaño). Comía lechuga (7 calorías por 40 gr), sin aliñar, sin sal. Aveces si tenía mucha hambre, comía espárragos (15 calorías por 100 gr). Aunque nunca me ha gustado la leche (85 calorías por 200cc) solía beber un vaso del cual yo calculaba eran 200cc cuando sentía demasiada hambre. Me sentía miserable, como si comiera mierda o hojas. No sentía el sabor de la comida, comía por inercia, nunca comía a la hora que comían mis papás, porque si no verían lo poco que estaba comiendo. Era fácil ya que ellos trabajaban y no estaban tan pendientes de mi al principio. Luego empezó a ser muy notorio. Pero al cambiar mis hábitos de comida, dejé de tener hambre. Comía porque era lo que debía hacer, pero no disfrutaba. Sé que fui muy floja y tonta, podría haber hecho una dieta saludable, usar los aliños para ensalada a base de productos sanos que ahora conozco gracias a libros de cocina, pero agregando mi depresión de esa época, no me interesaba.
Mi mamá me solía comprar galletas integrales, más que nada para que me viera masticar algo.
Recuerdo como estaba cansada todo el tiempo, sin fuerzas para levantarme de la cama. No podía pensar en comer, me daba asco. Podía beber agua, y me saciaba. Pero me sentaba en el sofá o en la cama y me quedaba dormida en segundos. Dormía muchísimo, puede que por la depresión, pero igual por las pocas energías que tenía. Despertaba a las 12 o 1 del medio día y me perdía el desayuno, así que solo tenia que esperar para el almuerzo y la once. 

Todo esto me llevó a enfermarme (al alimentarme mal, mi estómago estaba débil y dañado y las típicas bacterias que produce la gastritis que comieron viva). Perdí 8 kilos en menos de 2 meses. Y fue genial sentirme y verme delgada. Pero a un alto precio. Aparte de los problemas de estómago, se me empezó a caer el pelo, mi piel estaba horrible. Iba de doctor en doctor. Fue horrible. Y todo a causa de mi estupidez. Era una época en la cuál no podía controlar mi vida, me sentía presionada, sola, triste. No tenía ni voz ni voto en nada, lo único que podía controlar era lo que comía. 
Pero al mismo tiempo, me sirvió de estudio. Al no querer comer, empecé a ver documentales sobre comida, veía a Jamie Oliver, siempre que podía ponía el canal de cocina y de a poco empecé a interesarme por cocinar. Aprendí a cocinar cosas que me gustaban a mi. Comía poco, pero disfrutaba sintiendo los olores y el sabor de la comida que preparaba. 
También veía y calculaba lo que comían los demás a mi alrededor. Mi hermana siempre ha sido delgada, pero es muy descuidada para comer. Le gusta comer frituras, tipo McDonalds, cosas pre cocinadas, galletas, papas fritas, etc. Y no engorda. Y es sana. Pero sé y creo que ella también sabe que su forma de alimentarse ahora que es joven, le repercutirá cuando sea mayor. 
Recuerdo un día que fuimos al McDonalds (me obligaban a abandonar mi habitación) y mi familia se compraron hamburguesas, patatas fritas, bebidas. Por la presión que causaban en mi los comentarios de mi familia por no comer carne, ni querer comer nada de ese sitio, me comí un helado de cono. Me desquiciaba no saber cuantas calorías estaba consumiendo, cambiar todo mi orden, la estructura ordenada que había creado de mi alimentación. Pero lo hice, y me comí el maldito helado. Y no lo disfruté. No porque no tuviese hambre (la tenía, pero no sabía de comer que, olvídense de los antojos. No existía eso para mi.) si no que vi que influenciaba mucho la publicidad engañosa de las multinacionales de la comida chatarra. Si vas con amigos o con tu familia, debes comer como ellos. Para integrarte, para ser "normal". Y me seguía pasando eso, pero de a poco lo voy asumiendo y cambiando. Vi el error en que están los demás y yo no caeré en el.

Pongo un ejemplo:
Vas a una fiesta en casa de una amiga. Ellos llevan alcohol, bebidas gaseosas, comida chatarra (papas fritas, doritos), pasteles y lo que sea que imagines que "engorde". Ellos esperan que tu compartas con ellos, que bebas y comas hasta reventar. Pero yo era consiente, que toda esa comida hacía mal. Me preguntaba a mi misma porque no podían hacer algo más sano para comer. Ensaladas, jugos naturales, comida hecha en casa, de la que nos encanta que nuestras madres nos preparen. Y un tiempo me dejé llevar por la corriente, comía las cosas que eran lo normal para encajar, para no ser la rara. Pero me di cuenta lo estúpida que estaba siendo. Empecé a prepararme mi propia comida. Si íbamos a cenar a la casa de alguna amiga, yo llevaba lo que preparaba yo. Si pedíamos pizzas, yo la pedía vegetal.  Las burlas y bromas no se hicieron esperar, y me molestaba un poco. Pero me di cuenta, que lo diferente siempre llama la atención. Para ellos yo era la loca, la rara. Pero, sentía que yo estaba en lo correcto. Que no tengo porque comer o beber cosas que sé que me hacen mal y que no me gustan, solo porque es lo que todo el mundo hace.
Cuando íbamos a cenar a restaurantes de comida china, yo era exigente. Pedía verduras salteadas (sin carne ni nada de origen animal), y el arroz primavera (arroz, arvejas, trozos de tortilla, zanahoria, trocitos de jamón) lo pedía amablemente sin tortilla ni jamón. Nunca me hicieron problemas. Pero mis amigas me miraban raro, no faltaban las bromas. Sabía que yo estaba en lo correcto, no seguía las normas. Todas bebían coca-cola y luego el bajativo de un chupito de cualquier licor fuerte.
Yo no. Bebía agua, y nada de alcohol.
Después de un tiempo, las bromas cesaron, empezaron a interesarse por lo que yo comía, cuando íbamos a cenar compartíamos mis verduras salteadas y el arroz. Reconozco que me molestaba ver carne en la mesa, porque me da asco. Pero, así como ellas respetaron lo que yo comía yo debía hacer lo mismo con ellas.
Demostraron su amistad y cariño recordando las cosas que no comía, interesándose en aprender a cocinar hamburguesas vegetarianas o cualquier receta para mí. Fue un esfuerzo de su parte y siempre las querré y estaré agradecida por ello.

El hecho de haber trabajado en un supermercado me ha empujado a seguir pensando en esto. En que me interesa saber más de nutrición  Del origen de los productos que venden allí. Siempre que podía leía la información de las etiquetas de los productos. Intentaba recordarlos o los escribía en mi teléfono y luego en casa buscaba en internet que era tal cosa.
Si bien por momentos me molesta saber que las grandes empresas de comida nos engañan día a día, que nos hacen consumir productos que no necesitamos, solo por la publicidad que le hacen, o por lo que estúpidamente creemos que nos aportarán esos alimentos.

No necesitamos esos alimentos llenos de grasa y azúcar  Lo vemos y nos parecen deliciosos, la presentación, el envase llama mucho la atención y se nos hace la boca agua. Pero es todo una trampa y caemos como estúpidos. Es comida cancerígena, como me gusta llamarla. Pero paremos a pensar. ¿Lo necesitamos? Estos alimentos con alto contenido en azúcar, grasas saturadas y todos los componentes químicos que utilizan para que duren más tiempo nos dan unos segundos de placer culpable mientras devoramos el pastelito, pan o galleta (carbohidratos esponjosos convirtiéndose en azúcar en tiempo record). 


El azúcar lo que hace es aumentar las endorfinas beta en el cerebro y ese es un analgésico natural para sentirnos bien. Entonces, cuando estás deprimido o estresado, comemos lo que llamamos "comida del confort" como galletas, panqueques, etc. . (Extraído del documental "Hungry for change")

Así como el tabaco es adictivo, al igual que el alcohol, la comida chatarra, el alto contenido de azúcar y grasas en productos que en tu vida imaginarias que la contienen, son igual de adictivos. A un niño de 5 años no le das de fumar, ni de beber. Pero lo inflas a pasteles, galletitas o leche con saborizantes artificiales (la cantidad de azúcar que lleva la leche procesada es increíble) y es exactamente lo mismo. La misma droga, la misma adicción.

¿Y el problema con las dietas milagro que están tan de moda? Es que son dietas temporales. Te alimentas de un modo sano durante un tiempo, hasta que alcanzas tu objetivo de perder esos kilos de más y luego vuelves a lo mismo: Alimentarte mal, no ejercicio, no verduras, nada. No hay dietas milagro, es pura perdida de tiempo. Las dietas temporales, te hacen perder peso temporalmente, luego lo recuperas. La verdadera dieta, es la que debemos seguir día a día. No digo que dejemos de comer chocolate o azúcar  Pero en pocas cantidades para que sea agradable al comerlo pero no nos perjudique la salud.
Además, tenemos que ser sinceros con nosotros mismos. Muchas veces comemos cosas que sabemos que hacen mal pero seguimos adelante e igual lo comemos. ¿Que nos impulsa a hacer algo tan estúpido? 
Recuerden, los alimentos saludables no son los que crea el hombre. Si no lo que da la naturaleza, lo que cosechamos; frutas, verduras, legumbres. No necesitamos productos alterados genéticamente que nos den la sensación de que necesitamos más y más. Piensen en las papas fritas. Las pringles. Compramos un tarro y masticamos con ansia. Al acabar el tarro seguimos con ansias de comer más. ¿Por que? No lo necesitamos, no nos aporta nada a nuestra dieta saludable. ¿Porqué necesitamos más y más? Por que las modifican y agregan compuestos artificiales que nos hagan querer más. Es comparable con lo que hacen las empresas tabaqueras. Desde los 70 se sabe que agregan más y más nicotina a los cigarros, para que así la gente necesite fumar más y ellos ganen más dinero. ¿Por qué caemos en el juego? Somos conscientes pero nos hacemos los tontos. La comida rápida es fácil. Es comprar, calentar-freír y listo.
¿Pero donde queda lo entretenido de cortar los ingredientes, cocinar, probar si falta sal o no, sentir el aroma de lo que estás cocinando por toda la casa, terminar de cocinar y servirte lo que tu has cocinado, tu propio esfuerzo. Saludable y delicioso.

Culpamos al estrés, a las personas, a las desilusiones amorosas, etc. Culpamos a cualquier cosa por alimentarnos mal, pero somos nosotros mismos. Alguien me dijo una vez que si te quieres realmente, cuidas lo que comes porque quieres lo mejor para ti.
Entonces, es obvio que influye mucho el autoestima en la forma de alimentarse. 


Se han creado más de 75.000 productos químicos sintéticos desde 1940. Están en la cadena alimentaria, están en nosotros y profanan a todas las criaturas de la tierra. (Hungry for change)