miércoles, 13 de noviembre de 2013

Himno: XI

Yo... yo... yo... yo... yo... 
Yo soy. Yo pienso. Yo quiero. 
Mis manos. Mi cuerpo. Mis pensamientos. Mi corazón. Mi cielo. Mi selva. 
Esta tierra es mía. 
Mía... mía... 
Yo soy. Yo pienso. Yo quiero. 
¿Qué he de decir, después de estas palabras? ¿Las otras son inútiles y sin significado? Este es el Fin y la Respuesta. Este es el sacramento y la santidad de todas las santidades. Este el sello que el hombre ha impreso a través de los cielos del universo. 
Yo soy. Yo pienso. Yo quiero. 
Estoy aquí, en la cumbre de la montaña. Levanto la cabeza y alargo los brazos. Este mi cuerpo y este mi espíritu en mi cuerpo, son el fin de todas las interrogantes, y el objeto y la gloria. ¡Eso es! Yo soy la meta y la razón de todas las cosas. Pero no me hacen falta razones para vivir y ni siquiera palabras que sancionen mi vida. 
Yo soy la razón y la sanción. Yo, mi cuerpo y mi espíritu. 
Son mis ojos los que ven, y la mirada de mis ojos confiere belleza a la tierra. Todas las cosas llegan a mi juicio y yo peso todas las cosas y les doy validez con mis “Sí” o con mi “No”. Así nació la Verdad, y sus ramas y sus hojas, esta es la fuente y el océano de toda la Verdad, esta es la base y el vértice de toda la Verdad. 
Yo soy el juez. 
Yo soy el que mide y pesa. 
Yo soy el principio de toda la verdad. 
Yo soy su fin. 
Mi vida es oscura, pero la estrella que me guía está dentro de mí. La estrella que me guía es la brújula con la barrita imantada que me indica el camino. Lo indica para toda la eternidad, pero en una sola dirección. 
Me lo indica a mí. 
Yo pienso. 
Mi pensamiento es el camino, la ruta y el viajero. 
Mi pensamiento es mi templo y mi fortaleza. 
Mi pensamiento es mi dios y el sacerdote y el guerrero. 
Mi pensamiento es mi altar y la espada en mi mano. 
No lucho más que con mi mano y mi espada. 
Donde yo voy va, antes que yo, mi voluntad. 
Mi voluntad que elige y ordena y crea. 
Mi voluntad, la dueña que no conoce dueños. 
Mi voluntad, la liberadora y conquistadora.
Mi voluntad que es una llama sutil, firme y santa, en el relicario de mi cuerpo que es el relicario de mi cuerpo que es el relicario de mi voluntad. Muchas palabras me han sido concedidas, y algunas son sabias y otras falsas, pero sólo tres son sagradas: 
¡Yo lo quiero! 
No sé si esta tierra en la que vivo es el corazón y fin del universo. Quizá no es más que un granito de arena perdido en la eternidad. No lo sé ni me preocupa porque conozco la dicha de mi cuerpo sobre esta tierra. Y ha no necesita razones, ni preguntas, ni más altos fines por reivindicar. Mi dicha no es el medio par un fin cualquiera, es el fin mismo. Es la razón de las razones. Esta tierra es mía. Esta tierra existe sólo como campo de mis deseos y para la elección de mi voluntad. Estoy en esta tierra sólo por la alegría que experimento en ello. ¿Qué ciega vanidad, qué locura puede imponerme vivir para el dolor? Mas no hay dicha que no haya nacido para mí, de la más profunda y secreta entraña de mi espíritu. 
Mi dicha no se puede imponer. 
Yo soy mi éxtasis. 
Yo soy mi canto y el arpa con que se acompaña mi canto. 
Yo soy un hombre.
Yo soy un hombre. 
He de velar por este milagro de mi ser, he de guardarlo, he de poseerlo, he de guiarlo y o mismo y yo mismo he de arrodillarme ante él. ¡De este modo invoco mi voluntad! Y de este modo yo defiendo mi voluntad antes que mi vida. No permito a ningún hombre desear mi voluntad y la independencia de ella. ¡Pobres de los que lo han intentado! No cedo mis tesoros ni los comparto.
La riqueza de mi alma no debe ser recogida en pedazos de cobre y esparcida al viento como limosna para los pobres de espíritu. 
Yo guardo mis tesoros: mis pensamientos, mi voluntad y mi libertad. 
Y el más grande es mi libertad. No debo nada a mis hermanos, ni les reconozco ningún derecho sobre mí. 
No deseo que ningún hombre se me parezca, ni deseo parecerme a nadie. No le pido a nadie que viva para mí, ni yo vivo para nadie. No deseo el alma de ningún hombre, no quiero que nadie desee la mía. 
No soy ni amigo ni enemigo de mis hermanos, soy tan sólo como cada uno de ellos puede merecerme. Y para lograr mi amor a mis hermanos han de hacer algo más que haber nacido. Yo atesoro mi amor, y no lo concedo sin razón, ni al primero que pasa y me lo pide. Honro a los hombres concediéndoles mi amor. 
Mas el honor es algo que ha de aprenderse. 
Podré escoger compañeros entre mis hermanos, pero no dueños ni esclavos. Y escogeré solamente los que me gusten, y les honraré, les amaré y respetaré, pero no les obedeceré sus órdenes. Uniremos nuestras manos cuando lo deseemos e iremos solos cuando nos parezca preferible. Porque en la intimidad de su corazón y en el santuario de su espíritu el hombre está solo. Y cada hombre debe su santuario intacto e inmaculado. Y entonces, que una sus manos a las de los otros si así lo desea: no hay vergüenza ni pecado en tal unión, siempre y cuando se verifique fuera de la puerta sagrada. 
Porque grandes son los males de esta tierra, pero ninguno tan grande como los que proceden de los hombres. Y la más grande de todas estas mentiras se esconde en una palabra, y esta palabra es “Nosotros”. 
Porque ésta oculta a un monstruo. Esta palabra puede escapársela a su dueño, y cuando domina al hombre trae sobre la tierra todos los dolores humanos y la más abyecta vergüenza. Porque esta palabra es como un sudario que cubre un cadáver. Es como la cal que se acumula y endurece como piedra y lo aplasta todo a su peso, y todo lo que es blanco y todo lo que es negro se pierde por igual en su gris plomizo. Es la palabra con la cual el malo roba la virtud del bueno, el débil la potencia del fuerte, los necios los conocimientos de los sabios. 
Entonces la oscuridad cae sobre la tierra y con ella la deshonra y una gran mentira. Porque un hombre puede ser malvado, pero a diez millones de hombres como él, reunidos, se les llama buenos. Porque un hombre puede ser necio, pero a diez millones como él, reunidos, se les llama sabios. Por un hombre puede ser un esclavo, pero diez millones de esclavos forman un santo. Entonces todo se vuelve nebuloso y oscuro, y la razón se le ponen tropiezos para que no puede molestar a la irracionalidad, y toda la verdad desaparece de la tierra. 
¿Qué sería de mi dicha, si todas las manos, incluso las más inmundas, pudiesen aferrarla? ¿Qué sería de mi sabiduría, si hasta los tontos pudiesen influir sobre mí? ¿Qué sería mi libertad si todas las criaturas, aun las más viles e impotentes, fuesen mis dueños? ¿Qué sería mi vida, si tuviese que inclinarme, aprobar y obedecer? Mas yo he acabado con este reinado de locura, porque mis ojos se han abierto. 
He roto las tablas de mis hermanos, y ahora escribo las mías para mi propio espíritu. 
He destruido el monstruo que gravitaba como una negra nube sobre la tierra y ocultaba el sol a los hombres. El monstruo que estaba sentado en un trono, con cadenas en las manos, los pies sobre el pecho de un hombre, y se alimentaba con la sangre del libre espíritu humano. El monstruo de la palabra “Nosotros”. 

Y ahora contemplo el sagrado rostro de un dios y a este dios lo levanto sobre la tierra, más arriba que el cielo, más resplandeciente que el sol, este dios que los hombres han deseado desde que existen, este dios que les dará la dicha, la paz y el orgullo. 
Este dios, esta sola palabra: “Yo”

Ayn Rand - Himno